COSMOS ATOMICAE

sobre la historia de la cultura humana y la evolución del pensamiento científico

HOMO NEANDERTHALENSIS 1: descubrimiento.

A lo largo de la historia evolutiva se han sucedido diferentes ensayos de humanidad. Uno de los que más información nos ha legado por proximidad cronológica y por restos fósiles ha sido Homo neanderthalensis. Las últimas investigaciones apuntan a que esta especie no vivió tan aislada en Europa como se creyó en un principio, sino que su territorio se extendía desde el sur de Iberia hasta la parte occidental de Siberia.

Por otro lado, la expansión de los sapiens modernos (antes denominados cromañones) por la Europa interglacial representa una paradoja aún difícil de comprender en la actualidad ya que estos recién llegados de la cálida África reemplazaron en un periodo de unos 10 mil años, a los neandertales, pobladores hiperadaptados al frío y que habían evolucionado en el continente durante más de 200 mil años. Al producirse el paroxismo glacial hace unos 25 mil años los neandertales habían ya desaparecido de sus últimos refugios mediterráneos, convertidos para entonces en frías estepas. Pese a que varios análisis han concluido que hubo hibridación entre ambas especies, el neandertal se extinguió probablemente debido a la competencia territorial.

Los análisis de ADN confirman que, aparte de reconocernos indiscutiblemente como los herederos culturales del hombre de neandertal, todos los humanos actuales no africanos poseemos un 2,5 % de sus genes. Este dato proporciona nuevos argumentos a quienes defienden la idea de que ambas especies se influyeron mutuamente. En los últimos años, y dado que tampoco se han hallado indicios de genocidio o de guerras masivas entre ambas especies, la teoría de la asimilación empieza a ganar peso frente a la tradicional teoría de la aniquilación.

Descubrimiento.

La imagen del neandertal como una criatura brutal y grotesca es un tópico extendido más allá de las disciplinas científicas. Esa visión no se basa en evidencias sino que es fruto de viejas inercias en la investigación y de modelos simplistas sobre el Homo sapiens y la desaparición de los neandertales. Esta imagen distorsionada le debe mucho al modo en que fueron presentados en sociedad los primeros restos del hombre de neandertal.

Nunca se tiene una segunda oportunidad para causar una primera impresión y a Homo neanderthalensis le costó casi un siglo lograr una imagen coherente con su realidad profunda y compleja. Los primeros hallazgos de fósiles neandertales se produjeron en Gibraltar pero no serían reconocidos hasta después de los descubrimientos del valle de Neander, en Alemania, en 1856. La interpretación de estos restos fósiles generó una tremenda polémica y determinó la leyenda negra que describe al hombre de neandertal como una criatura tosca, sucia, estúpida e inferior a nosotros en todos los sentidos.

Esta imagen fue favorecida, principalmente, por los detractores de las teoría evolutivas de Darwin. Es importante recordar que El origen de las especies se publicaría tan sólo tres años después de los descubrimientos del valle de Neander, durante el periodo de máxima expansión colonialista por parte de las potencias europeas. Es importante remarcar que estas políticas expansionistas se amparaban en el convencimiento de la supremacía de la raza blanca y europea sobre todas las demás. Este pensamiento, muy extendido entre todas las capas sociales de la época, traía aparejado un juicio de valor sobre las comunidades no europeas. Un prejuicio ideológico que determinaba que los comportamientos técnicos o sociales de comunidades distintas a las europeas, eran por definición salvajes y primitivos y que estaban asociados a categorías morales inferiores e imperfectas.

El geólogo irlandés William King dató los sedimentos de la cueva Fedhofer, en Neander, en 30 mil años de antigüedad. En 1863, durante una reunión de la British Association, King argumentó que los restos fósiles neandertales representaban una nueva especie humana y la llamó Homo neanderthalensis. King infería una categoría moral a partir de la interpretación anatómica de los restos del hombre de neandertal y sugería que ese ser fósil debió tener, sin duda, una experiencia moral oscura.

Las facultades distintivas del Hombre son visiblemente expresadas en su elevado domo craneal, una característica que, aunque muy degradada en ciertas razas salvajes, esencialmente caracteriza a las especies humanas. Pero, considerando que el cráneo neanderthal es eminentemente simiesco, en sus características generales y particulares, yo mismo me siento obligado a creer que los pensamientos y deseos que alguna vez moraron dentro de él nunca se elevaron más que los de un bruto. Los andamaneses, es indiscutible, poseen la más vaga concepción de la existencia del Creador del Universo. Sus ideas sobre este tema y sobre nuestras propias obligaciones morales, lo ubican muy poco arriba de los animales de marcada sagacidad, pero visto en conexión con  la conformación estrictamente humana de su cráneo, son suficientes para identificarlo específicamente como Homo sapiens. Donaciones físicas de un grado menor que aquellas que caracterizan a los andamaneses no se puede concebir que existan: se mantienen junto a los brutos ignorantes.

Este pensamiento coincide con una concepción histórica y filosófica amparada en la idea de progreso lineal. Confundir evolución con progreso llevó a errores tan graves como el de identificar cualquier forma de primitivismo, ya fuera tecnológico, económico o artístico, como un síntoma de retraso. Desde ese punto de vista, la extinción de los hombres de neandertal no requería mayor explicación y hasta hace pocas décadas su desaparición se consideró la consecuencia natural y lógica de su supuesta imperfección biológica y moral.

Como hemos sugerido al inicio de este capítulo, muchas de estas falsas conclusiones tuvieron su origen en interpretaciones erróneas de los restos fósiles. El paleontólogo francés Marcellin Boule (1861-1942), estudió y publicó el primer análisis de un esqueleto Homo neanderthalensis completo. Este fósil, descubierto en La Chapelle-aux-Saints, pertenecía a un homínido de avanzada edad que padecía una gravísima osteoartritis. Boule lo caracterizó como un ser bípedo bestial, de rodillas curvadas y no erguido en su totalidad. En una ilustración realizada bajo su supervisión, el neandertal parecía un gorila peludo con los dedos de los pies opuestamente encarados. En consecuencia los neandertales fueron vistos durante mucho tiempo como criaturas primitivas, feas, sucias y malvadas. Dicha imagen fue promovida y deformada por los nazis quienes la aprovecharon en favor de su pensamiento racial.

En las primeras décadas del s. XX, el descubrimiento de restos híbridos en Israel dispuestos en un aparente enterramiento con flores (que más tarde se demostraría incierto), logró un gran impacto mediático y ayudó a reconceptualizar la imagen clásica de los neandertales. En 1939 el antropólogo americano Carleton Coon presentaba una reconstrucción insólita de un neandertal bien afeitado, peinado y vestido con americana, corbata y sombrero que habría pasado completamente desapercibido en medio del trasiego urbanita de nuestras ciudades. William Strauss y A. J. E. Cave concluyeron que si un hombre Neandertal pudiera ser reencarnado y colocado en un tren subterráneo en Nueva York, y si le fuera provisto un baño, fuera rasurado y vestido con prendas modernas, sería difícil que atrajera más atención que cualquier ciudadano normal.

Durante las décadas de los 50 y los 60 del siglo XX se inició una campaña mundial para restaurar la imagen de los neandertales. El antropólogo americano C. Loring Brace protagonizó nuevos estudios sobre las herramientas fabricadas por los neandertales, su tecnología y su modo de vida, descubriendo, entre otras cosas, que usaban hornos para cocinar.

Su glorificación alcanzó su punto más alto en 1971 a raíz de las investigaciones que Ralph Solecki llevó a cabo en la cueva iraquí de Shanidar. En unas muestras tomadas de un entierro neandertal se encontró una extraordinaria concentración de polen silvestre. Solecki infirió que los neandertales de Shanidar realizaban ofrendas florales en sus sitios funerarios y escribió un libro al que tituló, en plena época hippie, The first Flower People. Como prueba adicional de la humanidad de los neandertales, Solecki recalcó que algunos de los restos descubiertos pertenecían a una persona mayor, ciega e incapacitada del brazo derecho, condiciones que innegablemente le hubieran llevado a la muerte si los otros miembros de su grupo no hubieran cuidado de él. Con el libro de Solecki, por otro lado, la teoría evolutiva de la ‘Continuidad multirregional’ entraba en máximo apogeo.

Desde que aparecieron los primeros restos neandertales su imagen ha estado permanentemente  expuesta a interpretaciones contrapuestas ¿Era un ser brutal o representaba, más bien, al buen salvaje? Durante los años 80 llegó a afirmarse, incluso, que neandertales y sapiens conformaban una misma especie. El debate recibiría un nuevo impulso a partir de los años 90 gracias al desarrollo de las ciencias genéticas y a la publicación, en 2010, de los controvertidos resultados del Proyecto Genoma Neandertal.

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Esta entrada fue publicada en 30 enero, 2015 por en Género Homo, Paleolítico, Prehistoria y etiquetada con , , , , , .
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