COSMOS ATOMICAE

sobre la historia de la cultura humana y la evolución del pensamiento científico

GÉNERO HOMO 5: el proceso de hominización.

Se denomina proceso de hominización a los cambios evolutivos que tuvieron lugar en los miembros del orden de los primates y especialmente en la familia de los homininos* hasta desembocar en la especie humana actual, Homo sapiens, que es un animal que pertenece a la clase de los mamíferos, al orden de los primates, a la familia de los homininos, al género homo y a la especie sapiens.

  • Bipedismo.
  • Liberación de la mano.
  • Cerebración.
  • Dimorfismo sexual.
  • Tecnología.
  • Alimentación.
  • Control del fuego.
  • Consciencia.
  • Cognición y lenguaje.
  • Emocionalidad.
  • Fase REM del sueño.

 

Bipedismo.

Los primeros homininos bípedos habrían surgido en África hace unos 6 o 7 millones de años, cuando dicho continente se encontraba afectado por una progresiva desecación que redujo las áreas de bosques y selvas. Como adaptación al bioma de sabana aparecieron primates capaces de caminar y mantenerse erguidos. Para lograr la postura y marcha erecta tuvieron que aparecer previamente importantes modificaciones morfológicas, tales como la adaptación del cráneo, la curvatura de la columna vertebral, el ensanchamiento de la pelvis o el alargamiento de los pies junto a la reducción del tamaño de los dedos.

El bipedismo es previo a la práctica cazadora y a la aparición de grandes cerebros, sin embargo, los primates que hace 6 mill. de años inician el proceso de bipedismo poseen el grado de encefalización más grande entre los mamíferos terrestres (en los océanos son igualados por los cetáceos). Estos primates de mirada oscura, es decir, sin esclerótica*, se encuentran aún en los umbrales de la consciencia.

Existen diversas hipótesis que tratan de explicar el paso del cuadrupedismo al bipedismo. La teoría clásica sostiene que fue un proceso de adaptación al nuevo bioma de sabana dado que estos primeros homininos, probablemente, se vieron obligados a grandes desplazamientos en busca de alimento y agua potable. La marcha bípeda permite otear el horizonte por encima de la vegetación herbácea y facilita el transporte de cosas con las manos, liberadas ya de su primitiva función locomotora. Aunque la marcha bípeda es más lenta que la cuadrúpeda, resulta menos costosa energéticamente. Además expone menos superficie corporal al sol y permite aprovechar la brisa, lo que contribuye a refrigerar el cuerpo y a conservar la hidratación.

Richard Dawkins plantea, por el contrario, una teoría según la cual el bipedismo fue el resultado de la selección sexual* y postula que la postura erguida fue el producto de la competencia entre individuos por el acceso a la cópula. Es decir, que estos primeros homininos desarrollaron el bipedismo porque, de cara a sus congéneres, la postura erguida les hacía parecer más sexis, más cool.

El paso del cuadrupedismo al bipedismo conllevó, sin embargo, un cambio anatómico en las caderas de las hembras, con gran reducción del canal del parto que hacía más difícil y doloroso el alumbramiento.

Liberación de la mano.

Paralelamente a la adaptación al bipedismo, la motilidad de la mano y, en particular la de los dedos, se hizo gradualmente más precisa y delicada lo que facilitó la elaboración de artefactos.

Los primeros homininos eran granívoros y para obtener las semillas necesitaron un órgano que funcionase a modo de pinza de precisión. Ese órgano sería la mano con el pulgar oponible, característica que convierte a este dedo en el instrumento más valioso de la mano.

El dedo pulgar del Australopitecus Afarensis no estaba aún lo suficientemente adaptado para la disciplina que exige la talla de la piedra pero, poco a poco, irá entrenando la articulación hasta aprender a manufacturar la madera blanda. Las manos hicieron posible que Homo habilis fabricara en Etiopía, hace 2,5 mill. de años, las primeras herramientas de piedra: eran lascas afiladas elaboradas al entrechocar por azar dos cantos y servirían para cortar tendones, despiezar animales o afilar palos.

Cerebración.

Los primeros representantes del género Homo se caracterizaron por tener un tamaño de cerebro mayor que el de sus antecesores, mejores capacidades cognitivas y una inteligencia más compleja.

Existe disparidad de opiniones sobre el grado de reorganización cerebral del Australopithecus y el Paranthropus. Sin embargo, todos los autores están de acuerdo en que Homo Habilis y Homo Ergaster poseían una morfología cerebral similar a la de los humanos modernos ya que presentan asimetría entre los hemisferios y una gran complejidad en el lóbulo frontal*. Entre las funciones del lóbulo frontal se encuentran las de establecer la secuencia de movimientos del aparato fonador, el control de las emociones, la concentración, la planificación, la anticipación o el control de la memoria, entre otros.

Algunos autores relacionan el aumento del tamaño cerebral de los homininos con el desarrollo de las capacidades lingüísticas necesarias para adquirir una mayor complejidad social.

Dimorfismo sexual.

El dimorfismo sexual* es definido como las variaciones en la fisonomía externa (forma, coloración o tamaño), entre machos y hembras de una misma especie.

Los machos de nuestros ancestros homininos eran mucho más grandes que las hembras debido a la fuerte competencia sexual que existía dentro del grupo. Este tipo de características sociales se asocia generalmente a niveles de conflictividad muy altos así como a una escasa capacidad de cooperación intragrupal. La diferencia de tamaño entre los homininos de distinto sexo se fue atenuando gracias a la evolución de nuestra biología social, que dio como resultado el surgimiento de especies capaces de organizarse en sociedades cooperativas.

Tecnología.

La idea de ‘técnica’ es ambivalente. Si de forma elemental entendemos por técnica el empleo inteligente de herramientas extra somáticas para la solución de problemas o la consecución de objetivos, entonces el reino animal está plagado de especies con habilidades técnicas, comenzando por algunos peces o por insectos como las hormigas. Para usar herramientas no hace falta tener un gran cerebro. Hay pájaros que utilizan piedras para romper la cáscara de los huevos de avestruz. Diversos mamíferos utilizan ocasionalmente objetos para rascarse, despiojarse, machacar, extraer o defenderse. Entre los primates subhumanos, los monos y los simios muestran una gran pericia manual en el manejo instrumental de objetos. Los chimpancés de Tanzania, por ejemplo, preparan una fina ramita, la introducen por el orificio de un termitero, aguardan un tiempo para que las termitas la muerdan, luego la sacan con cuidado y se comen el exquisito bocado. También fabrican una especie de esponja con un puñado de hojas masticadas que les sirve para empapar agua de beber, para secarse, asearse o limpiar a las crías.

Los primeros Australopitécinos, con un nivel intelectual similar al de los chimpancés actuales pero con las manos ya liberadas, seguramente elaboraron herramientas de carácter muy tosco. La selección natural favoreció a aquellos individuos que aprendieron a fabricar los mejores utensilios, que tomaron las decisiones más inteligentes sobre cuándo y cómo usarlos y que podían optimizar la producción con arreglo a los cambios estacionales y a la disponibilidad de alimentos.

La industria lítica (talla de la piedra) es la más antigua que se conoce. Se distinguen varios tipos diferentes de técnicas que fueron desarrollándose a lo largo del tiempo. Estas técnicas, que en la actualidad nos sirven para datar los yacimientos, tuvieron un desarrollo muy lento y supusieron grandes avances en nuestra capacidad de dominio del medio.

Atendiendo a la tecnología empleada en la ejecución de las herramientas pueden establecerse los siguientes períodos:

  • Olduvayense (Modo 1):

Asociada a Homo habilis, se trata de herramientas muy sencillas que requieren un pequeño gasto energético para su elaboración, por lo que se supone serían fabricadas según las necesidades puntuales y abandonadas después de su uso. Se trata de piedras, normalmente cantos rodados o sílex, que eran tallados para la obtención del filo por uno de sus lados. Los machacadores se utilizaban para extraer el tuétano de los huesos y las lascas con filo servían para cortar. Su origen se sitúa en África al menos desde hace 2,8 mill. de años y en Europa desde hace 1 mill. de años.

  • Achelense (Modo 2):

La cultura Achelense llega con Homo erectus cazador avezado y dominador del fuego. En tierras africanas se encontraron herramientas más elaboradas fechadas en 1,7 mill. de años.

La pieza más característica es la llamada bifaz que servía para multitud de tareas como cortar, raspar o perforar. Su manufactura requería un enorme esfuerzo energético ya que exigía la búsqueda y selección de materia prima adecuada (generalmente sílex) y un ejercicio de talla por ambas caras de gran precisión. Estas herramientas, en ocasiones muy especializadas, poseen un alto valor para sus dueños por lo que se conservan  y son objeto de intercambio.

  • Musteriense (Modo 3):

Hasta la aparición del Musteriense la talla se realizaba golpeando unas piedras contra otras. Con el surgimiento de esta nueva técnica, conocida como técnica Levallois, empiezan a usarse golpeadores de madera o hueso que se aplican sobre un núcleo de piedra previamente tratado.

El núcleo original de piedra, con forma troncopiramidal, se golpea para obtener lascas que luego se utilizarán para la elaboración de instrumentos especializados, más pequeños y diversos. Esta técnica se asocia principalmente con los neandertales.

  • Paleolítico Superior (modo 4):

Durante el Paleolítico Superior se desarrollaron una serie de técnicas basadas en la talla laminar o modo técnico 4, mediante la cual las lascas obtenidas alcanzaban un alto índice de estandarización y especialización (consultar capítulo PALEOLÓTICO SUPERIOR).

 

Alimentación.

En un sentido muy real, nuestro intelecto, nuestros intereses, nuestras emociones y nuestra vida social básica, son producto del éxito de nuestra adaptación cazadora.

John Reader, “Man on Earth”, 1988.

Los homininos evolucionamos desde una dieta estrictamente frugívora y folívora hacia otra esencialmente omnívora. El conjunto de características asociadas a nuestra dieta progresivamente carnívora ha jugado un importantísimo papel en nuestra evolución. El uso de armas y herramientas para matar animales o defendernos, para cortar carne y quebrar huesos, el consumo de carnes, grasas, tuétano, médula y órganos cocinados procedentes de la carroña, el canibalismo y especialmente el desarrollo de una cultura asociada a la depredación y a la caza, nos ha configurado tal y como somos en la actualidad.

Por otro lado, la digestión de productos vegetales fibrosos resulta muy costosa a nivel energético y requiere un sistema digestivo extraordinariamente complejo. Comer carne cocinada permitió simplificar el sistema digestivo y así desviar toda esta energía metabólica hacia la producción de calorías para combatir el frío, hacia la construcción de tejidos en general (cuerpos cada vez más grandes) y hacia la creación de materia gris en particular (aumento del tamaño del cerebro).

Entre todos los primates, los humanos poseemos el tracto digestivo más corto, lo cual concuerda con ciertos estudios que demuestran que nuestro cerebro aumentó de tamaño a medida que nuestros intestinos disminuían en longitud. Esto se debe a que, de nuestros órganos, el cerebro es el que más energía consume (un 20-25% del presupuesto metabólico de nuestro organismo).

Por otro lado, lo esperable en nosotros como animales carnívoros es que hubiéramos desarrollado caninos grandes. Darwin, muy interesado por esta cuestión, explicaba que la reducción de los caninos se habría producido a consecuencia de la aparición de herramientas.

Control del fuego.

El fuego primero fue robado y luego fue domesticado.

El fuego fue un accidente común desde que aparecieron los bosques, hace aproximadamente unos 400 millones de años. Éstos podían arder y desde luego ardieron inflamados por el rayo. Los animales temían al fuego y huían de él cientos de millones de años antes de que los seres humanos entrasen en escena.

Al principio, nuestros antepasados tuvieron que depender del rayo para encender fuego. Si éste se apagaba, tenían que pedirlo prestado a una tribu vecina o esperar a que cayese otro rayo. Entonces, llevaban cautelosamente las ramas encendidas a algún lugar conveniente, las resguardaban, añadían combustible y así conservaban la llama.

El control del fuego supuso un punto de inflexión en nuestra evolución cultural permitiéndonos el desarrollo de actividades en horarios nocturnos y una mejor defensa frente a los depredadores. Por otro lado, la cocción de alimentos disparó el desarrollo de la capacidad cerebral al permitir que los carbohidratos complejos fueran más fácilmente digeribles y al favorecer la absorción de calorías y proteínas. Es importante señalar, además, que la cantidad de energía que se necesita para digerir una porción de carne cocida es menor que la que se invierte en digerir un trozo similar de carne cruda. La cocción, por otro lado, mata a los parásitos y a las bacterias que envenenan la comida.

La evidencia más antigua del control del fuego por parte de los homininos se encontró en Koobi Fora, en África oriental. Se asocia con Homo Erectus y se ha fechado en más de 1,5 millones de años.

Consciencia.

El nacimiento de la consciencia* se produjo después de 3.800 millones de años de evolución biológica en la Tierra. Recientes investigaciones apuntan a que la consciencia, entendida como el reconocimiento de un ‘Yo’ que permanece en el tiempo a pesar de los cambios, se produjo hace entre 1 millón y 500 mil años y con ella nace nuestra capacidad simbólica y de autoexploración.

La aparición de la mente consciente supone la primera gran revolución de nuestra historia y disparará nuestro proceso evolutivo. En opinión de Juan Luis Arsuaga, la segunda gran revolución se produciría en el siglo XIX con el descubrimiento de la Evolución.

Hace 500 mil años, por tanto, se acelera el proceso evolutivo mente/consciencia y se descubre la inteligencia social lo que nos llevará a establecer estrategias de cohesión dentro del propio grupo al tiempo que aprendemos a competir con los demás para garantizar la supervivencia de los propios genes.

Si entendemos la consciencia como un tercer estado de la materia (materia inanimada, materia viviente y materia pensante) hay que asignarle un carácter, no sólo revolucionario, sino, además, trágico, dado que la grandeza que trae aparejada la lucidez se verá instantáneamente ensombrecida por la certeza de la propia muerte.

Cognición y lenguaje.

Steven John Mithen, catedrático de Arqueología de la Universidad de Reading, en el Reino Unido, sostiene que la capacidad de crear metáforas como ‘Mi hijo es tan fuerte como un león’, es lo que realmente nos hace humanos, en lugar de la capacidad de fabricar herramientas, de crear relaciones sociales o de inventar lenguajes, dado que ahora sabemos que los monos y los pájaros también disponen de dichas capacidades.

Estudiando los moldes endocraneales del hemisferio izquierdo, en el que reside la capacidad del lenguaje, se ha observado que hay dos zonas concretas que se desarrollan progresivamente a partir del Australopithecus.

Poco a poco, los homininos adquirieron la capacidad del pensamiento abstracto, es decir, la capacidad de pensar en algo sin necesidad de ningún estímulo externo que les impulsara a ello. El lenguaje articulado suponía la posibilidad de aludir a algo de forma unívoca independientemente del contexto. La cultura surgió como consecuencia del lenguaje simbólico y la evolución de la humanidad comenzó en el momento en que el primer hominino fue capaz de utilizar símbolos como forma de expresión de sus ideas.

Investigaciones recientes sobre el oído interno de restos fósiles encontrados en Atapuerca confirman que Homo heidelberguensis practicaba, al igual que nosotros, un lenguaje humano codificado a través de sonidos. Aquellas personas ya presentaban un oído adaptado a percibir con gran sensibilidad entre 1 y 5 kilohercios. Es decir que sus oídos también eran de “banda ancha”, como los nuestros, capaces de permitir el paso de una elevada cantidad de información acústica por unidad de tiempo.

La especie Homo heidelbergensis, antepasada directa de los neandertales, disponía de las adaptaciones anatómicas necesarias para beneficiarse de un sistema de comunicación oral complejo.

Emocionalidad.

Desde el punto de vista cognitivo nuestros ancestros Homo estaban dotados de ‘teoría de la mente’*, que es una expresión usada en filosofía y ciencias cognoscitivas para designar la capacidad de atribuir pensamientos e intenciones a otras personas. Cuando un sujeto inteligente está dotado de teoría de la mente se entiende que tiene la capacidad de comprender y reflexionar respecto al estado mental de sí mismo y del prójimo, logrando así prever el comportamiento propio y ajeno.

Los primeros homininos eran, de manera indiscutible, criaturas emocionales que sentían, expresaban e interpretaban emociones a través de gestos y vocalizaciones. Ser capaces de expresar e interpretar las emociones propias y ajenas se convirtió en un importantísimo factor de éxito social y el conjunto de gestos y expresiones orales, cada vez más numerosos y complejos, se transmitió cultural y genéticamente de generación en generación.

Fase REM del sueño.

La fase REM, Rapid Eye Movement o movimiento ocular rápido, es la quinta fase del sueño también llamada de ‘sueño paradójico’. Desde el punto de vista evolutivo, es una característica relativamente reciente exclusivamente asignada a los mamíferos carnívoros.

Aun no se conoce su funcionalidad aunque las tradiciones rituales antiguas consideraban que durante el sueño surgía una ventana desde la que se producía el desdoblamiento astral y el acceso a lo sobrenatural. Lo que la ciencia sabe con certeza es que durante el tiempo que dura el REM nuestros ojos se mueven y nuestra corteza cerebral (el neocórtex*, el tejido celular más moderno de nuestro cuerpo) registra índices de actividad electromagnética tan o más elevados que cuando estamos despiertos.

En principio, tres son las funciones principales atribuidas al sueño REM: conservación de la energía, reparación corporal y neurológica y de protección y consolidación de la memoria.

La fase REM es una característica particularmente desarrollada en los depredadores carnívoros, especialmente en aquellos cuyos recién nacidos son más vulnerables, dependientes e indefensos, es decir, en especies de maduración lenta como la nuestra. Los herbívoros no pueden permitirse el sueño REM porque sumirse en una ensoñación profunda los haría extremadamente vulnerables.

Aunque el tiempo de sueño REM va decreciendo a medida que envejecemos, el ser humano es, quizás, el animal más soñador y el que registra mayor actividad electromagnética en el neocórtex mientras duerme.

Muchos expertos advierten, sin embargo, del incremento de la población humana que pasa gran parte de su vida sin experimentar la fase REM.  Las causas pueden derivarse de hábitos de vida antinaturales, dietas inadecuadas, falta de ejercicio físico, desconexión con la naturaleza, contacto con disruptores hormonales y campos electromagnéticos artificiales, ionización positiva y exposición a diversas sustancias tóxicas que alteran la neuroquímica del cerebro, entre otros.

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Esta entrada fue publicada en 30 enero, 2015 por en Género Homo, Paleolítico, Prehistoria y etiquetada con , , , , , .
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