COSMOS ATOMICAE

sobre la historia de la cultura humana y la evolución del pensamiento científico

Paleolítico 9: Somos supermonos gnomónicos y sabemos contar.

Recuerda que ya habíamos comentado que uno de los indicios que nos ayudan a identificar un comportamiento moderno, son las incisiones practicadas sobre soportes de hueso o piedra. Este grupo de manifestaciones se conocen como ‘marcas de caza’ y plantean un verdadero reto de interpretación para la comunidad científica pues tan pronto pueden ser producto de una acción fortuita (las señales dejadas al descarnar un hueso con una herramienta), como motivos decorativos o bien podrían identificarse como los primeros registros contables de la Historia.

Al igual que ocurre con la escritura, sabemos que los primeros sistemas de numeración de la Historia evolucionaron a partir de métodos primitivos basados en el uso de muescas, por lo que resulta de vital importancia discriminar las distintas funciones que pudieron cumplir estos objetos grabados sin llegar a perder el objetivo de lo que se está buscando. Un equipo de la Universidad Complutense de Madrid ha desarrollado una investigación sobre la prehistoria de la matemática <<Creemos que hay que ser muy cautos a la hora de defender el uso contable de un hallazgo paleolítico. Sólo en aquellos casos en los que se observen determinadas combinaciones, agrupaciones o patrones específicos podremos afirmar con un cierto grado de verosimilitud que nos encontramos ante un registro contable y, por tanto, ante una huella fósil de un pensamiento matemático. Aplicando este criterio observaremos que las primeras muestras relativamente evidentes de pensamiento matemático pertenecen a épocas más bien recientes de la historia de la humanidad, concretamente al Paleolítico Superior (35 y 10 mil AP) o, a lo sumo, a épocas inmediatamente anteriores>>.

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Siguiendo esta pauta, las colecciones que más interés suscitan son las que presentan agrupaciones de aproximadamente 30 marcas ya que coinciden con el ciclo del mes lunar (29,5 días) así como con el ciclo menstrual femenino. También son de especial interés las series de 5 marcas, pues se corresponden con el número de dedos de la mano humana y constituyen, por tanto, una referencia natural de conteo.

Además de éstas, destacan numerosas piezas con series de 12 y 13 incisiones que podrían relacionarse con el año astronómico, de algo menos de 12 meses solares y de 13 lunaciones mientras que el periodo menstrual de todo un año equivale a 28 días multiplicado por 13 ciclos.

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Este tipo de registros estarían motivados por la necesidad de contabilizar sucesos antes que objetos, es decir, eran medidas de tiempo. En esta línea ha sido interpretada la Placa de Blanchard a la que ya hicimos referencia en el artículo anterior. El hallazgo de otra placa de hueso en la cueva de Tai, también en Francia, presenta 2000 incisiones, a menudo en agrupaciones de 29 marcas, lo que sugiere la hipótesis de que se trate del registro de los días a lo largo de varios años consecutivos. De confirmarse esta hipóteis, nos encontaríamos ante el calendario solar más antiguo conocido hasta la fecha.

Numerosas piezas colgantes como la de Gorge d’Enfer en Francia, los de Morín y La Garma en Cantabria o los colgantes de Las Caldas en Asturias, presentan esta persistente agrupación de 30 incisiones, casi siempre en colecciones de 15 + 15.

Los huesos de Lebombo y de Ishango son algunas de las piezas estrellas de la paleontología contemporánea. Ambos fueron hallados en África, están grabados

sobre peroné de babuino, tienen una datación estimada de 37 mil y 25 mil años respectivamente y están reconocidos como palos de conteo. Un palo de conteo, palo tallado o palo de cómputo, es un antiguo instrumento mnemotécnico utilizado para el registro de documentos numéricos o cantidades que se usó ampliamente en todo el mundo hasta bien entrada la Edad Media. Una variante de estos palos de conteo son las tarjas que aún se utilizan en algunos pueblos de Salamanca.

Mientras que el Hueso de Lebombo presenta 29 o 30 muescas, lo que lo relacionaría con el recurrente ciclo lunar o menstrual, el Hueso de Ishango pudo ser fabricado para establecer un sistema de numeración más complejo. Las relaciones encontradas por los expertos entre las distintas agrupaciones de muescas sugieren la tentativa de realizar cálculos de multiplicación y división por dos, por lo que el consenso científico está de acuerdo en considerar que pudo haber servido para realizar procedimientos matemáticos simples y que nos encontraríamos, por tanto, ante una primitiva herramienta calculadora.

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Hueso de Ishango.

Otra interesante prueba de estas aplicaciones matemáticas la encontramos en la Bramadera de la Roche, una placa ovoide de hueso perteneciente al Magdaleniense Superior. Lo más interesante de la pieza es la distribución rítmica de sus marcas decorativas que sigue un sistema de notación mixto basado en agrupaciones de muescas de 5 en 5 y de 10 en 10 << verdaderamente, la persona que realizó esta bramadera, además de tener una notable percepción espacial, sabía contar. Presumiblemente lo hacía con una idea primitiva de lo que sería un sistema decimal que utiliza el 5 (y quizás el 3) como base auxiliar, motivado, sin duda, por el que Aristóteles consideraba el accidente anatómico de tener cinco dedos en cada mano. Este sistema, el usual a medida que los diferentes pueblos fueron alcanzando sus respectivos grados de desarrollo, es el que, con la notación conveniente y según la concepción posicional concebida en la India, se utiliza hoy en día>>.

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Un caso que ha despertado particularmente la curiosidad de los historiadores de las matemáticas lo constituyen los llamados Colgantes de Altamira. Se trata de cuatro placas rectangulares de hace unos 20 mil años, grabadas cada uno con 30 marcas en los bordes y cuyo rasgo más atractivo es que fueron halladas juntas, formando un conjunto o serie. Una vez más nos encontramos ante la encrucijada de discernir si representan un hecho recurrente o si son, más bien, fruto de la observación y registro de distintos ciclos lunares o menstruales.

Los autores de la investigación ‘Prehistoria de la matemática y mente moderna’, ya mencionados en este artículo, señalan que este conjunto de plaquitas podría estar representando la ‘ciclicidad de un ciclo’, es decir, la repetición de ciclos de orden inferior (por ejemplo los meses) dentro de un ciclo de orden superior (las estaciones) que, a su vez, pudiera pertenecer a otro ciclo más amplio (el año). <<Con independencia del fenómeno concreto que estas cuatro piezas de Altamira pudieran estar representando (sean meses dentro del año u otra cosa), constituirían como conjunto la primera manifestación simbólica de la recursividad como característica de la mente humana mediatizada por el lenguaje, al existir un símbolo (quizás el año) que, sin soporte material, habría servido de concepto-guía de orden jerárquicamente superior para la construcción de la colección de plaquitas>>.

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Conclusiones.

En este artículo he querido hacer un breve balance acerca de algunas de las investigaciones más recientes sobre evolución cognitiva humana. Todo apunta a que este ámbito de estudio, prácticamente inexistente a día de hoy, proporcionará en los próximos años abundante material de contraste así como nuevos puntos de vista acerca del nacimiento y desarrollo de la cultura humana.

Cada vez son más los especialistas que apoyan la hipotesis de un avance gradual del conocimiento empírico durante el Paleolítico Medio y Superior, patrimonio cultural que, forzosamente, sirvió como antesala precientífica a las revoluciones sistemáticas del Neolítico.

En el próximo artículo analizaremos cómo se produjo dicha transición y qué aportan de novedoso los recientes hallazgos.

Textos e ilustraciones de Paloma Pájaro.

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Esta entrada fue publicada en 27 enero, 2015 por en Astronomía, Paleolítico y etiquetada con , .
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