COSMOS ATOMICAE

sobre la historia de la cultura humana y la evolución del pensamiento científico

Paleolítico 7: No venimos del mono.

En 1859 Charles Darwin publicaba su teoría sobre el origen de las especies marcando así el inicio de una revolución científica que cambiaría para siempre nuestra forma de entender el mundo y nuestra imaginación acerca del lugar que ocupamos en él. Tres años antes, en 1856, eran hallados cerca de Düsseldorf, en el valle de Neander en Alemania, los primeros huesos del Hombre de Neandertal.

Pocas personas fueron capaces de cuestionar en aquel momento las narraciones bíblicas que situaban al ser humano en la cúspide de la creación. Para los hombres y mujeres de la conservadora sociedad victoriana, sin embargo, debió resultar mucho más difícil de admitir el hecho de que el linaje de la gloriosa raza blanca europea provenía del mono.

En relación a los hallazgos del valle de Neander, el anatomista y fisiólogo alemán Franz Mayer afirmó que las características de la pelvis y de las piernas encontradas se correspondían con las de una persona que se hubiera pasado la vida entera montando a caballo. Justificaba la singular robustez de los huesos aduciendo que el sujeto al que pertenecían sufría de raquitismo y que, a causa del agudo dolor, se le habían deformado los arcos supraciliares de la cara. Según Franz Mayer no se trataba de fósiles antiguos sino del esqueleto de un soldado ruso muerto en la zona durante las guerras napoleónicas.

La leyenda negra que describe al hombre de neandertal como una criatura tosca, sucia, estúpida e inferior a nosotros en todos los sentidos, es un tópico extendido más allá de las disciplinas científicas. Esa visión no se basa en evidencias sino que es fruto de viejas inercias en la investigación y de modelos simplistas sobre nuestra concepción de los neandertales e incluso de los primitivos Homo sapiens.

Es importante recordar que ‘El origen de las especies’ (1859), se publicó durante el periodo de máxima actividad colonialista por parte de las potencias europeas, cuyas políticas expansionistas se amparaban en el convencimiento de la supremacía de la raza blanca y europea sobre todas las demás. Este pensamiento,muy extendido entre todas las capas sociales de la época, traía aparejado un juicio de valor sobre las comunidades no europeas. Un prejuicio ideológico que determinaba que los comportamientos técnicos o sociales de comunidades distintas a las occidentales eran, por definición, salvajes y primitivos y que estaban asociados a categorías morales inferiores e imperfectas.

En 1863, durante una reunión de la British Association, el geólogo irlandés William King argumentó que el análisis de los restos fósiles neandertales permitía inferir la categoría moral de la especie sugiriendo que, sin duda, debió tener una experiencia moral oscura.

<<Las facultades distintivas del Hombre son visiblemente expresadas en su elevado domo craneal, una característica que, aunque muy degradada en ciertas razas salvajes, esencialmente caracteriza a las especies humanas. Pero, considerando que el cráneo neandertal es eminentemente simiesco, en sus características generales y particulares, yo mismo me siento obligado a creer que los pensamientos y deseos que alguna vez moraron dentro de él nunca se elevaron más que los de un bruto. Los andamaneses, es indiscutible, poseen la más vaga concepción de la existencia del Creador del Universo. Sus ideas sobre este tema y sobre nuestras propias obligaciones morales, lo ubican muy poco arriba de los animales de marcada sagacidad, pero visto en conexión con la conformación estrictamente humana de su cráneo, son suficientes para identificarlo específicamente como Homo sapiens. Donaciones físicas de un grado menor que aquellas que caracterizan a los andamaneses no se puede concebir que existan: se mantienen junto a los brutos ignorantes>>.

Este pensamiento coincide con una concepción histórica y filosófica respaldada por la idea de progreso lineal. Confundir evolución con progreso llevó a errores tan graves como el de identificar cualquier forma de primitivismo, ya fuera tecnológico, económico o artístico, como un síntoma de retraso. Desde ese punto de vista, la extinción de los hombres de neandertal no requería mayor explicación y hasta hace pocas décadas su desaparición se consideró la consecuencia natural y lógica de su supuesta imperfección biológica y moral.

neander boule

Esta fue una de las primeras representaciones que se hicieron del Hombre de Neandertal. Fue publicada en L’Illustration en 1909 y la realizó el artista checo Frantisek Kupkaue siguiendo las indicaciones del prestigioso paleontólogo francés Marcellin Boule, que había analizado los restos del Viejo de la Chapelle-Aux-Saints. Como ves, lo describió como una criatura bestial, incapaz de mantenerse erguido y lleno de pelo.  En 1957, los restos fueron reexaminados por Straus y Cave, quienes detectaron que el sujeto, por otro lado muy anciano, padecía una grave osteoartritis, característica que Boule no había identificado condicionando así su desventurada interpretación anatómica.

pal-02

Estas imágenes fueron diseñadas en 1920 por Frederick Blaschke para los dioramas del Field Museum of Chicago. Aquí, los neandertales ya no tienen tanto pelo, pero siguen presentando una postura no del todo erguida y una expresión atontada. 

Los primeros investigadores de las pinturas del Paleolítico necesitaron décadas de estudio para desprenderse del prejuicio que les impedía aceptar su antigüedad de forma definitiva. ¿Cómo fue posible que aquéllos especímenes humanos tan primitivos hubieran alcanzado una perfección técnica y estética tan notable? Muchos manuales actuales siguen interpretándolas como un hito casi milagroso y a menudo sigue hablándose de la Revolución del Paleolítico Superior como el resultado de alguna suerte de súbita transformación morfológica del cerebro de Homo sapiens, como si de pronto les hubiera crecido el lóbulo frontal o les hubiera impactado el rayo vivificador.

Aceptamos este tipo de cosas con un pasmo sobrecogedor. Nos dicen que hace 32 mil años éramos unos brutos pero que, de repente, pintamos la cueva de Chauvet y nos quedamos tan tranquilos. O nos cuentan que, aunque pintábamos cuevas de maravilla, seguíamos siendo unos ignorantes hasta que de repente llegaron los Sumerios y de golpe y porrazo levantaron zigurats, inventaron el ábaco, dividieron la circunferencia en 360 grados, calcularon la eclíptica solar, inventaron la rueda, la escritura y la cerveza y también el arco, la bóveda y la cúpula ¡y la primera explicación que se nos ocurre es que llegaron unos extraterrestres para echarles una mano! Los mismos extraterrestres, por cierto,que luego ayudaron a los egipcios y a los mayas a construir sus pirámides, porque, desde nuestra concepción histórica progresista y lineal, conocimientos técnicos tan sofisticados no fueron posibles en sociedades tan primitivas.

Sólo ahora, mediada la segunda década del siglo XXI y a la luz de los nuevos descubrimientos arqueológicos y genéticos, empieza a extenderse entre los expertos la idea de que, necesariamente, debió producirse un desarrollo escalonado y paulatino del acervo precientífico y cultural que sirvió como lanzadera para la explosión creativa del Paleolítico Superior o para las revoluciones intelectuales y tecnológicas de los sumerios, los egipcios o los chinos de la antigüedad.

paleo-03

Enclaves con arte parietal al aire libre como Foz Côa en Portugal, Domingo García en Segovia y Siega Verde en Salamanca, nos invitan a replantearnos el origen y el significado de las prácticas artísticas de estos pobladores. Este arte, desarrollado en espacios abiertos, parece estar pensado para el disfrute social y sugieren una experimentación humanizada y monumentalizada del paisaje.

Si consideramos la hipótesis de una concepción animista del mundo por parte de estos grupos humanos, no resulta descabellado pensar que estas experiencias simbólicas pudieron ser practicadas de forma rutinaria mucho tiempo antes que las desarrolladas en las profundidades de las cuevas pero que, debido a su localización al aire libre, no se conservaron hasta nuestros días.

Sabemos que las capacidades cognitivas de nuestro cerebro sapiens, tales como nuestra inteligencia simbólica, la memoria, el raciocinio o la autoconsciencia, no surgieron en paralelo a nuestra evolución biológica, sino que existe un desfase entre ésta y la muy posterior aparición de la conducta simbólica. Determinar el momento en que se produjo dicho salto evolutivo ha generado históricamente no poca controversia así como una gran cantidad de literatura científica. Entre los parámetros usados tradicionalmente para determinar si nos encontramos ante una mente moderna, se encuentran el uso especializado de herramientas, las expresiones artísticas, las inhumaciones con aparato funerario, el adorno corporal, los instrumentos musicales o las marcas dejadas deliberadamente sobre materiales líticos u óseos.

Siguiendo la estela de dichos rastros arqueológicos, el consenso científico ha considerado tradicionalmente que, aunque nuestras capacidades cognitivas se establecieron evolutivamente hace más de 60 mil años, las conductas propias de nuestro cerebro sabio no se consolidaron hasta hace unos 10 mil años, aunque ya se vislumbraran claramente desde el inicio del Paleolítico Superior Europeo. Fíjate en que 10 mil años fue apenas hace dos días.

Los nuevos hallazgos encontrados en Sudáfrica y el Sur de la Península Ibérica, entre otros, parecen señalar que la aparición de la mente moderna siguió un itinerario bien diferente y que pudo tener su origen en África hace unos 100 mil años, lo que sugiere la necesidad apremiante de abrir nuevas líneas de investigación así como la urgencia de liberarnos del usual etnocentrismo cultural occidental.

Este tipo de estudios recaen sobre una rama científica que actualmente cuenta con muy pocos especialistas y que se conoce como Arqueología Cognitiva. El Dr. Rivera Arrizalaga advierte, en este sentido, que es la evolución cognitiva humana, y no la biológica, la que crea todos los aspectos de nuestra cultura. Postula, por tanto, que aunque los factores epigenéticos o ambientales son fundamentales en este proceso, son la plasticidad neurológica, junto a la socialización, los factores principales que modulan el cerebro por medio del aprendizaje y del lenguaje.

Cabe esperar, en este sentido, que al menos durante los 100 mil años previos a la aparición de la escritura, nuestros ancestros lograron un conocimiento avanzado de su entorno y un control de su ecología adaptado a sus necesidades, dominando un lenguaje sofisticado, observando y analizando los fenómenos celestes y manejando herramientas matemáticas básicas.

En este esfuerzo por encontrarnos a nosotros mismos y por determinar nuestro lugar en el Cosmos, hemos tenido que superar toda suerte de pudores y prejuicios y, aunque todavía oponemos cierta noble resistencia a perder nuestra condición de superioridad, cada vez estamos más concienciados de que nuestras sociedades hipertecnológicas no son necesariamente el resultado mejorado de nuestro desarrollo evolutivo.

Charles Darwin nunca declaró, ni dejó escrito en ningún sitio, que los seres humanos descendiéramos del mono. Lo que realmente pensaba, y lo que plantea hoy día parte de la comunidad científica, es que los seres humanos actuales somos monos, monos hipersociales, pero monos al fin. La cuestión de marras estribaría, por tanto, en determinar el momento en que se produjo el gran salto cualitativo hacia formas de cognición avanzadas, es decir, hacia lo que entendemos como comportamiento humano moderno.

Textos e ilustraciones de Paloma Pájaro.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Información

Esta entrada fue publicada en 27 enero, 2015 por en Astronomía, Paleolítico y etiquetada con , .
A %d blogueros les gusta esto: