COSMOS ATOMICAE

sobre la historia de la cultura humana y la evolución del pensamiento científico

Paleolítico 5: El cielo es un mapa.

Se llama Laanda. Es muy hábil, tiene un cerebro enorme y vive en el departamento de Ardèche, cerca de la comuna de Vallon-Pont-d’Arc, en un acantilado de caliza sobre el cauce del río Ardèche, al sur de Francia. Pero estos nombres le resultan extraños. Él utiliza otras palabras.

Aquel otoño, Laanda tiene que hacer guardias nocturnas a la entrada del campamento para ahuyentar a los lobos y proteger las reservas de carne ahumada que el grupo ha atesorado de cara al invierno.

Cuando era niño, la vieja Zaseer le enseñó aquel punto brillante que permanecía quieto en el cielo hasta que la luz del alba lo hacía desaparecer. Los otros puntos brillantes parecen girar en torno a él, formando círculos, lentamente. Laanda sabe que hay cinco puntos especiales, más luminosos, que no se mueven junto a los demás. Ahora, justo encima de aquéllos robles oscuros, distingue perfectamente la gran cabeza de búfalo que Zaaser le había indicado. La estrella inmóvil coincide con la punta de su cuerno derecho. A su lado está la cierva. Laanda observa las estrellas e imagina que aquel grupo del fondo dibuja el bello perfil de su prima Saandea.

Han pasado 30.000 años desde que el sapiens Laanda proyectara sobre el fondo de estrellas el bello perfil de su prima Saandea. Se encuentra en los albores de lo que los especialistas denominan ‘comportamiento moderno’, practica el arte y formas religiosas muy avanzadas y complejas. Posee un cerebro hipersimbólico preparado para el pensamiento abstracto, una gran imaginación y un inmenso potencial emocional y de expresión.
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La Estrella Polar se encuentra casi exactamente sobre el eje de rotación de la Tierra de manera que, desde nuestro punto de vista terrestre, permanece casi quieta mientras  todas las demás estrellas parecen girar en bloque y de manera concéntrica a su alrededor.

Laanda, o un primo de Laanda, pintó las paredes de la cueva de Chauvet y, en mi opinión, también observó, analizó y otorgó una explicación racional y organizada a los fenómenos celestes que observaba cada día.

De aquélla época, hace 32.000 años, data un pequeño hueso de ciervo tallado con 69 extrañas incisiones. Es la Placa de Blanchard, interpretada como el primer calendario lunar del que tenemos constancia. En el transcurso de un mes lunar, la ubicación aparente de la Luna, vista todos los días desde el mismo lugar y a la misma hora, describe una trayectoria en el cielo que recibe el nombre de analemma. El Sol también traza una analemma.

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Hace ya varias décadas que se introdujo la hipótesis de que las pinturas prehistóricas podrían representar mapas celestes y cada vez son más los investigadores que apuntan en esa línea. La escuela arqueológica ortodoxa, sin embargo, aún opone una fuerte resistencia a este tipo de planteamientos.

La paleoastrónoma Chantal Jegues Wolkiewitz presenta algunos argumentos convincentes. Por ejemplo, descubrió que de los 130 refugios y cuevas ornamentadas visitados en la región de la Dordoña francesa, 126 se encuentran orientados hacia los solsticios de invierno o de verano, de manera que al atardecer de esos días, los rayos del Sol iluminan los muros decorados con pinturas. De esta manera, la tarde del 21 de junio, el día del solsticio de verano y únicamente en ese momento del año, los rayos del Sol iluminan el Gran Salón de la cueva de Lascaux. Chantal Jegues lo interpreta como un efecto intencionado, una manera de otorgar a la cueva y a sus pinturas un carácter sagrado y de experimentarlo colectivamente a través de rituales relacionados con la llegada del verano, actos dirigidos por chamanes, posiblemente los astrónomos y astrólogos de la época. “Estos hallazgos indicarían que la elección de las cavernas no se realizaba por motivos geológicos sino astronómicos y nos obligaría a reformular por completo nuestra concepción del arte paleolítico, trasladándolo del mundo de las tinieblas a otro transformado por la fuerza simbólica de la luz”.

También en Lascaux encontramos una famosa representación de dos búfalos que se dan la espalda y que tienen los rabos entrelazados. El de la izquierda, según los expertos, está mudando la piel, lo que tradicionalmente se identifica con la llegada de la primavera, mientras que el de la derecha presenta una erección, característica que nos remite al tiempo de otoño. Midiendo la posición de los ojos de los bisontes y de los rabos entrelazados, Chantal Jegues descubre que las coordenadas de los ojos coinciden con los solsticios y los rabos entrelazados con los equinoccios del cielo paleolítico.

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La hipótesis de Chantal resulta francamente sobrecogedora pues supondría que, de ser transparente el muro sobre el que se proyectan los búfalos, los puntos indicados coincidirían con las coordenadas del cielo tal y como era hace 17.000 años. ¿Dispondrían los hombres del Paleolítico Superior de instrumental astronómico especializado para realizar proyecciones tan precisas? ¿O se trata de una oportuna coincidencia?

Es posible que, estudiando el movimiento de los cuerpos celestes, sapiens aprendiera a medir el tiempo, asumiera el control de su destino en el mundo natural y estableciera el ritmo de los ciclos naturales. ¿Fue el hombre primitivo capaz de aislar grupos de estrellas y de proyectar mentalmente imágenes que conocía sobre ellas? ¿Pudo asociarles pensamientos mágicos o religiosos? ¿Llegó a establecer relaciones simbólicas entre éstos y el devenir de la vida humana? Y lo más interesante ¿Tuvo la intención de registrar dicho conocimiento sobre las paredes de las cuevas como una forma de garantizar su transmisión de generación en generación?

 

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Esta entrada fue publicada en 27 enero, 2015 por en Astronomía, Paleolítico y etiquetada con , .
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