COSMOS ATOMICAE

sobre la historia de la cultura humana y la evolución del pensamiento científico

Paleolítico 2: Si sé más cosas que Ptolomeo no es cosa mía.

El cerebro utiliza muchas vías diferentes de aprendizaje. En un nivel básico, procesa la información que le llega a través de los sentidos y reacciona. Por ejemplo, si golpeo mi cabeza contra una piedra, me dolerá. Este tipo de experiencias nos permiten extraer aprendizajes muy útiles para la supervivencia diaria ya que evitarán que en un futuro quiera golpearme de nuevo la cabeza con esa piedra.  Este tipo de aprendizaje no impide, sin embargo, que uno termine rompiéndose la cabeza con una piedra distinta de la primera pero, como poco, va creando precedentes que el cerebro memoriza. Esta forma de procesar la información la compartimos, en mayor o menor medida, con todas las criaturas que tienen cerebro.

Por otro lado, el cerebro humano es susceptible de ser instruido, es decir, es capaz de atesorar conocimientos externos, los transmitidos, por ejemplo, a través de la educación. Imitar a mi abuelo mientras fabrica un bifaz que corta la carne, genera un aprendizaje de este tipo y muchos pájaros y primates operan con él.

Ahora bien, el proceso que llevó a mi abuelo Homo habilis (o quizás fuese mi tatarabuelo australopithecus) a fabricar el primer bifaz de la Historia está relacionado con capacidades exclusivas de cerebros hiperevolucionados, capaces de transformar las percepciones en intelecciones. El día que mi abuelo se rasgó la mano al agarrar una piedra afilada y comprendió que esa misma piedra podría ayudarle a descarnar el cadáver del venablo muerto, ese día mi abuelo usó un razonamiento lógico inductivo, que es uno de los implicados en el método científico, pero que ni es el más científico de todos los razonamientos ni es exclusivo de Homo sapiens.

En mi opinión, aunque nuestro cerebro está muy preparado para realizar este tipo de operaciones complejas, lo cierto es que no lo aprovechamos demasiado en ese sentido. Generalmente manejamos conocimientos adquiridos por tradición, es decir, conocimientos culturales, y no conocimientos alcanzados por razonamiento deductivo. Ya sabes, por ejemplo, que tardamos 20 siglos en comprobar experimentalmente que Aristóteles se equivocaba al sostener que la velocidad de caída de los cuerpos dependía de su masa. Lo que ocurrió con Aristóteles se explica, sin embargo, gracias a otra particularidad muy especial del cerebro sapiens.

Se ha debatido mucho acerca de la capacidad simbólica de nuestros ancestros. Gracias al Proyecto Genoma Neandertal y a toda una oleada de recientes descubrimientos arqueológicos, hoy día la mayor parte de los especialistas están de acuerdo en reconocer las elevadas capacidades cognitivas del hombre de neandertal, su dominio del pensamiento simbólico y su perfecta adaptación morfológica y genética para la práctica de un lenguaje tan sofisticado como el nuestro.

La hipótesis sostenida por Juan Luis Arsuaga, el paleoantropólogo que descubrió la Sima de los Huesos, es que neandertal y sapiens compartieron, hasta cierto punto, un grado similar de capacidad simbólica pero que, trasvasado dicho punto, sapiens evolucionó hacia un hipersimbolismo extremo. Arsuaga lo explica a partir de un sorprendente ejercicio mental: la imposibilidad de imaginar a un neandertal enarbolando una bandera o la de imaginar a un humano moderno no adscrito a los valores identitarios de un emblema, sea éste del tipo que sea.

Sapiens llegó a desarrollar sus capacidades simbólicas hasta la exageración llevándolas, según los casos, hasta niveles delirantes y enfermizos, superando así la función original que les dio origen.

Ese ir más allá, esa capacidad para dotar de significado a los símbolos, para crear sentimientos de pertenencia e identificación con ellos es, según Arsuaga, lo que nos hace específicamente humanos. Esta particularidad, además, se convirtió en nuestra arma de doble filo puesto que no sólo posibilitó el arte, sino además el nazismo o la mitificación de Aristóteles como pensador infalible e irrefutable, casi un dios.

Debemos nuestra herencia genética y cultural al primer australopithecus que se puso en pie y somos lo que somos gracias a la experiencia y al conocimiento transmitido por nuestros ancestros a lo largo de miles de generaciones. Si hoy elaboramos hipótesis tan complejas como la Teoría de la energía oscura o la de los multiversos, no es porque seamos más o menos listos que Ptolomeo, que estaba convencido de que la Tierra era el centro de Todo, sino porque, poco a poco, fuimos superando sus errores de percepción, es decir, el forzoso punto de vista geocéntrico al que estamos condenados por el hecho de vivir sobre el planeta Tierra. Afortunadamente, otros vendrán que superarán los nuestros.

Por cierto que en este punto surge un debate interesantísimo pues hay quien afirma que, en contra de lo dicho más arriba, los seres humanos incrementan su potencial cerebral gracias al entrenamiento intelectual, es decir, que nos hacemos más inteligentes a medida que usamos nuestro cerebro, por ejemplo, para estudiar, ya que se agilizan las relaciones sinápticas entre las neuronas.

Otros, en cambio, sostienen que lo que cambia es el desarrollo de las habilidades cognitivas (no el de las capacidades cognitivas en sí) gracias a la plasticidad de nuestro cerebro. La cuestión sobre la que intentaré reflexionar en los capítulos siguientes se centra en determinar si es constatable un incremento biológico de nuestras capacidades cognitivas actuales respecto de las de los sapiens arcaicos o si, simplemente, hemos desarrollado nuevas habilidades adaptadas a nuestro entorno tecnológico o social.

ojo

Textos e ilustraciones de Paloma Pájaro.

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Esta entrada fue publicada en 27 enero, 2015 por en Astronomía, Paleolítico y etiquetada con , .
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